Día: 29 septiembre, 2008

Audrey Hepburn. Su escritura como espejo de una cara con ángel.

“Lo que realmente se necesita para ser una estrella

es un elemento extra que Dios te da o no te da.

Es algo con lo que naces.

Algo que no se puede aprender.

Dios la besó en la mejilla, y allí surgió ella”

 

(Billy Wilder)

 

Audrey era simplemente Audrey. El símbolo de la belleza,  el  glamour y  la elegancia  por excelencia  no era  más que el  paradigma de la sencillez,  un maniquí luciendo la pose más difícil de lograr: la naturalidad.

 

La serenidad de su mirada era el reflejo de  su personalidad  clara y transparente, condenadamente ausente de subterfugios  y disfraces,  porque Audrey aun disfrazada no dejaba jamás de ser Audrey. ¿Quién no guarda en su recuerdo cinematográfico la famosa escena, en “Desayuno en Tiffanys”, donde la protagonista se come un croissant mientras mira y admira los diamantes de un escaparate? Un tierno y humilde dulce compitiendo, en candidez y elegancia, con un diseño de Givenchy.

 

No cabe duda de que quienes la tuvieron cerca supieron vestirla con personajes a su medida, y ella aceptó simplemente ser ella misma.

 

  

“Desde hace mucho tiempo, decidí aceptar la vida sin condiciones.

Nunca esperé que la vida me diera algo especial, y aún así conseguí mucho mas de lo que jamás hubiera esperado.

La mayoría de las veces, las cosas me han sucedido sin buscarlas yo”

 

(Audrey Hepburn)

 

 

 

Su escritura refleja la misma calma, serenidad y dulzura que reflejaba su rostro. Discreta y amable al trato, era poco amante de destacar,  de ser  centro de atenciones en grandes círculos sociales. Ella misma se definía como una chica introversa a  la que le resultaba enormemente difícil realizar papeles de mujer excéntrica y alocada.

 

Timidez  unida a templanza; Audrey jamás perdía el  control de sí  misma por algo que no fuese simple curiosidad. Replegada en su centro e indecisa a la hora de dar dos pasos más  allá de lo debido, sí  contenía un poso  de  alma inquieta, de esas que escrutan horizontes  de ilusiones  aún sin  atreverse  a entregarse por completo a ellos. Quizás no se atrevía a soñar por temor a ver efectivamente cumplidos sus sueños.

 

No es de extrañar que Gregory Peck dijera de ella que era muy fácil amarla. No podría decirse menos de un ser para el que la maldad constituía una realidad más que remota. Amante de los suyos, tremendamente conservadora de sus afectos, capaz de transmitir tanto con  la calidez de  la  palabra  como  con  ladulzura de sus gestos, dechado de generosidad elegante y respetuosa para dar y para darse.

 

 

 

 

La originalidad  del trazo inicial de este  fragmento  de texto,  que podemos apreciar con mayor detalle en la imagen inferior, nos da clara muestra de una personalidad   Leer más

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