Errores que todos cometemos al conocer a alguien que nos gusta

Supongo que todos nos aferramos a algo y no lo dejamos ir por falta de opciones. No vemos una alternativa, por tanto, no queda más que insistir. Una vez que la alternativa aparece todo cambia, aunque tampoco se simplifica. En el caso de las relaciones sentimentales especialmente, donde la emoción tiñe todo de incomprensibilidad muchas veces.

Como muestra de la falta de lógica que gobierna nuestras emociones tú y el resto de la humanidad comete varios errores al conocer a alguien nuevo que te interesa como posible pareja.

1) No le conozco pero me gusta

enamorarse

Esas frase sería cierta si le añadieras al final “… lo que sé de él/ella hasta ahora”. Sin ese fin de frase se convierte en una bomba de expectativas que te puede explotar en cualquier momento. De hecho, sentirás que han pulsado el detonador cuando veas algo en esa persona que no nos guste y esa carga explosiva derrumbará todo el castillo que levantado sobre esos cimientos imaginarios.

Culpable de que esto pase: El efecto halo y efecto demonio (click aquí para saber más).

2) No es tan malo como el/la último/a, así que es bueno/a para mí

Tomas como referencia una relación pasada (probablemente la última que has tenido) en la que tu pareja se portó muy mal contigo. Ese dolor se traduce en estar alerta para evitar que ninguna otra persona te haga ese daño. Estás tan atento/a para que nadie de ese perfil entre que, sin darte cuenta, dejas pasar a perfiles más bajos pero igualmente peligrosos.

Errores que cometemos al conocer a alguien: La teoría de la puerta entreabierta

Imagina que identificas a las personas que pueden hacerte daño con personas muy grandes, enormes, de ese tipo de personas que imponen con su presencia, que dan miedo al verlas porque te sientes pequeñas a su lado. Si abres la puerta de tu casa a esa persona, para que pueda pasar deberás abrirla casi por completo, de otro modo no cabrá.

Para evitar que este tipo de personas pasen basta con que pongas una cuña tras la puerta que impida que la puerta se abra completamente. De ese modo nadie tan grande pasará y estarás a salvo. Sin embargo, cualquier otra persona potencialmente menos dañina (de menor tamaño) tendrá vía libre para entrar.

¿Qué ha pasado? Has asociado que las personas que te pueden hacer daño son sólo aquellas que encajan en la referencia que tienes de peligroso/a y e ahí has sacado la conclusión contraria: si no es tan grande no es peligroso. Eso es falso. Cualquier persona puede hacerte daño. Del mismo modo que tú puedes hacer daño a cualquier persona.

Es curioso ver cómo este factor nos afecta a todos. En mi opinión es una forma de darle sentido al caos que nos rodea. Si nos autoconvencemos de que “la maldad” tiene unas determinadas características nos sugestionamos convencióndonos de que sabremos verla venir y de ese modo evitamos vivir en tensión 24 horas al día defendiéndonos de cualquier peligro potencial.

Culpable de que esto pase: Las experiencias que nos han marcado en el pasado (click aquí para saber más)

3) ¿Hay alguien ahí? No te escuchas

En tu primera cita le dices: “Yo soy una persona muy clara, muy directa. Digo lo que pienso, no actúo de mala fe, si me equivoco pido perdón y si a alguien no le gusto no hay problema, cada uno por su lado”. Dos citas después sólo respetas de tu declaración de intenciones el “no actúo de mala fe” porque te gusta y cuanto más te gusta más te pones en su lugar para pensar cómo se puede sentir más cómodo/a contigo, qué puedes hacer para que cada vez se sienta más feliz.

Y todo esto es maravilloso. Al fin te has cruzado con alguien que te gusta lo suficiente para pensar en él/ella además de en ti mismo/a pero has cometido un error. Has pasado de un extremo a otro. No es que pienses en alguien más además de en ti, sino que has dado preferencia esa otra persona sobre ti mismo y  ahora mismo no piensas en ti tanto como mereces.

Imagina que esa puerta que dejas entreabierta para que no pasen esas personas enormes que consideras tan peligrosas es la puerta de la casa donde habita tu yo interior. Esa parte de ti mismo/a que te habla y te dice si estás feliz, triste, aburrido, etc. En el momento en el que piensas en otra persona antes que en ti mismo ese yo interior está desatendido porque prefieres escuchar a esa otra persona antes que a tu yo interior.

Consideras más gratificante que la persona que te gusta te diga algo positivo (“me haces muy feliz”) a que te lo diga tu yo interior. Tiene sentido. No te parece igual de atrayente tu pareja después de 60 años juntos que en vuestra primera cita. Es como comparar todo un mundo por descubrir contra lo que conoces perfectamente y hasta cierto punto te aburre. Por eso te guías por el efecto novedad y lo gratificante que te hace sentir hacer feliz a ese alguien especial y dejas en el olvido a tu yo interior.

Ese yo interior está desamparado. Si entran a robarle tú no estarás ahí para defenderle. Si se le rompe una ventana y entra frío no estarás tú para ayudarle a que su casa no esté helada. Si se resfría no estarás tú para cuidarle. Y ahí tiene un problema, porque tu yo interior depende únicamente de ti. Se nutre de la atención que tú le des. Si no le atiendes se muere.

Lo irónico de este asunto es que si tu yo interior está desatendido tú no te sientes bien. De hecho, ves cómo tu relación con esa persona ya no te llena tanto. Literalmente sientes que a esa relación le falta algo para hacerte sentir pleno. Lo que te falta es eso que sólo tú te puedes dar, eso que tú te has robado voluntariamente, el cuidarte a ti mismo. Nadie podrá nutrir tu yo interior si no lo nutres tú. Esa tarea es exclusivamente tuya y de nadie más. No funciona de otro modo.

Este es el camino por el que muchas relaciones se acaban rápidamente al volverse tóxicas para quien las vive.

Culpable de que esto pase: si no te quieres a ti mismo una relación te hace daño al dejar a la vista todo eso que no aceptas de ti mismo/a. No quieres espectadores de esa obra que consideras que no merece el aplauso. Esto es muestra del desequilibrio interno, y de que todo tiene consecuencias. Un acto postivo tiene consecuencias negativas y vicecersa (click aquí para saber más)

 

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