Quítate la máscara para poder ser feliz

Recapacita sobre la máscara que portas en tu vida diaria y que te lastra a mantener a ojos de los demás ese personaje que representas ser.

Para responder piensa que no te comportas del mismo modo en todos los contextos. Una versión de ti habla con tu pareja mientras que otra totalmente diferente habla con tu jefe o con esa persona que te cae tan mal. Eres la misma persona pero en cada contexto te adaptas, mostrando un lado diferente de ti. Esa máscara que vistes tiene una función. Créeme cuando te digo que todo lo que haces, lo haces por una razón, de la que en ocasiones no eres ni tan siquiera consciente.

Su función es adaptativa, es de protección, es de supervivencia. Porque el ser humano ha hecho eso mismo durante toda su vida y a estas alturas de la película tu adaptación para por portar esa máscara y sólo quitártela ante quien consideras de tu confianza. Muy poca gente conoce esa parte desnuda de ti, desenmascarada, que no actúa sino que vive.

Conocerse a uno mismo es un proceso largo, que requiere paciencia y flexibilidad. La flexibilidad se refiere aquí a cambiar de contexto y circunstancias. No puedes conocerte a ti mismo si toda la vida sientes que estás en el mismo punto emocional, social, familiar y laboral. Si permaneces estático/a sólo conocerás en profundidad a esa versión de ti que habita en esas circunstancias. Eso significa que si cambian las circunstancias tu inseguridad se apodera de ti porque nunca has habitado en una realidad diferente.

Las personas que desde jóvenes delinquen y se acostumbran a vivir en reformatorios y en prisiones. Cuando salen en libertad vuelven a delinquir porque no están adaptados al mundo real sino al asociado al entorno carcelario. Sólo saben vivir con la máscara de prisioneros.

Las personas que basan su autoestima en su belleza física. No han trabajado el interior, sino que todos sus esfuerzos han ido a construir exteriormente una fachada atractiva. Se sienten vacíos si no son atractivos físicamente. Su autoestima vive al 100% de esa fuente de alimentación. Viven la máscara del bello.

La persona que toda su vida ha dedicado sus energías a ayudar a los demás sin preocuparse de atenderse a sí mismo. Considera que siempre hay alguien que necesita ayuda más que él/ella mismo/a. Visten la máscara del misionero, del salvador, del buen samaritano. No visten la máscara del humano que necesita recibir (de él mismo a falta de otras personas) para poder dar a los demás. Esta conducta desemboca en el síndrome de Caperucita. Y ya sabes que eso no es saludable.

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La ventaja principal es la sensación de seguridad. Nada puede herir a quien lleva una máscara de alguien invencible ante un ataque.

El principal inconveniente es que la máscara te roba tu humanidad. Si no sientes no eres humano. Sufrir es la otra cara de la moneda de la felicidad. Ambas constituyen un continuo a través del cual oscila tu estado emocional como ser humano.

El objetivo del trabajo personal no es que seas indestructible ante el daño, eso te convierte en una máquina deshumanizada. Saber que algo te duele es un mecanismo clave de tu supervivencia para detectar lo que no es bueno para ti, para evitar que comas de tu cubo de basura emocional. Detectar que algo te hace daño y que debes evitarlo es tan necesario para tu desarrollo como una alarma de incendios en un edificio lleno de productos inflamables. Si no existiera esa alarma en cualquier momento todo podría destruirse.

No te culpes por sentir. No hay culpas sino responsabilidades. Igual que eres responsable de lo que haces, de lo que comes, de lo que dices, de lo que piensas… También eres responsable de aquellos contextos a los que te expones. Si algo no te va bien, directamente, pasa de puntillas en esa situación. No es una retirada, no es una huida. Es autoconocimiento. Lo afrontas, valoras y desechas de tu vida porque genera más mal que bien. Te lo digo por experiencia propia. Te lo cuento en el siguiente podcast:

 

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