Sentimiento de culpa y su conexión con la vergüenza

Para entender el sentimiento de culpa hay que remontarnos a nuestra infancia. Seguro que tienes un recuerdo nítido de alguna prohibición que te hicieron tus padres. “No entres en esa habitación”, por ejemplo. Es en la infancia donde nuestro sentimiento de culpa se ve más agudizado, dado que nace de defraudar a nuestra única fuente de cariño: nuestros padres.

El ejemplo de la prohibición ejemplifica perfectamente lo que quiero tratar en este artículo: la culpa y la vergüenza van de la mano. Son paradas obligatorias dentro de un mismo camino.

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Primera parada: el sentimiento de culpa

sentimiento de culpa

La culpa nace de “lo mal”. Entras en una habitación a la que te han prohibido entrar y sabes que has hecho algo mal. El sentimiento de culpa nace de nuestra propia valoración. Saber que has hecho algo mal te debilita si tienes una alta necesidad de autoeficacia. Si basas tu autoestima sólo en tu eficiencia, un error es una bomba contra tu propio autoconcepto.

Casos prácticos: el estudiante que saca buenas notas para agradar a sus padres es un ego sediento de contentar y con miedo a fallar haciendo algo mal. El listón está muy alto, de ahí sus excelentes resultados. Este comportamiento no sería nocivo actuando por una motivación intrínseca (mi propio deseo de mejorar) en lugar de un motivo extrínseco (contentar a mis padres, sentir su aprobación por mi resultado, fortalecer la creencia de que valgo tanto como el resultado que consigo)

Segunda parada: la vergüenza

vergüenza

La vergüenza nace de “lo malo”. En la vergüenza interviene la presencia de otra/s persona/s a las que se les ve como jueces de valor. El niño que entra en la habitación prohibida siente culpa estando solo pero si inmediatamente es pillado por sus padres siente vergüenza a partir de esa culpa. Sabe que lo ha hecho mal y encima le han pillado.

La vergüenza es una sanguijuela emocional que te resta valor y te sitúa en la dicotomía de “ser malo”. Estilos educativos basados en hacer sentir al hijo “ser malo” o “ser bueno” en función de lo que haga hablan de la carencia emocional de los padres transmitiendo ese legado emocional y atisba la crianza de hijos que no serán emocionalmente felices. La felicidad emocional nace de la integración y estos hijos no integran el concepto de lo malo como parte del ser sino que se autocastigan por sentirlo.

Recomendaciones para padres

  • Adoptar un estilo educativo basado en la integración y en la propia responsabilidad sobre las consecuencias
  • Exponer y reforzar lo bueno y lo malo de cada hijo
  • Dotar de conocimiento al hijo de sus puntos débiles (lo malo) y de aquello que puede hacer mejor (lo mal)
  • Ser padres y no jueces de valor
  • Compartir con el hijo su camino vital pero no haciéndolo por él. Ha de aprender por sí solo para ser un adulto independiente
  • Objetivo de la crianza: crear adultos autónomos emocional, mental y físicamente.

 

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