¿No eres feliz? ¿Demasiado crítico contigo mismo? Eres un perfeccionista

Como cualquier película deportiva o carta cadena, un libro de auto-ayuda te hace algunas recomendaciones: “cree en ti mismo”, “no aceptes un no por respuesta”, “nunca te rindas”, “no te conformes con el segundo lugar”… sobre todo, “sé tu mismo”.

Es difícil cuestionar esas máximas, pues parecen obvias; aunque no estén escritas en la Constitución, ellas son parte importante del fluido cultural que se irriga por todas partes, desde discursos políticos hasta conferencias empresariales y clases de liderazgo.

Sin embargo, estudios recientes advierten de los peligros de tomarse el éxito y los logros demasiado en serio. Estas investigaciones se centran en un tipo familiar: los perfeccionistas, aquellos individuos que entran en pánico o se inmovilizan cuando las cosas no salen como deberían. Los resultados no solo confirman que estos puristas están en riesgo constante de sufrir problemas mentales—como han predicho desde hace tiempo Freud, Adler e incontables padres exasperados—sino que sugieren que el perfeccionismo podría explicar una variedad de dificultades mentales aparentemente no relacionadas como la depresión, el comportamiento compulsivo y la adicción.

Algunos investigadores dividen a los perfeccionistas en tres tipos, basándose en sus respuestas a cuestionarios estandarizados: egoístas esforzados que luchan para cubrir sus altísimas exigencias y están bordeando constantemente la depresión crítica; observadores celosos que esperan perfección de los otros y, por ello, terminan siempre arruinando sus relaciones; y aquellos desesperados por alcanzar un ideal que, según ellos, los otros les exigen. Éstos últimos suelen presentar tendencias suicidas y trastornos alimentarios.

“Es natural que las personas quieran ser perfectas en algunas cosas como su trabajo, por ejemplo. Ser buen editor o cirujano depende de no cometer errores”, dice Gordon L. Flett, profesor de psicología en la Universidad de York y autor de muchos de los estudios sobre perfeccionistas. Flett concluye que “los problemas comienzan cuando esto se generaliza a otras áreas de la vida, el hogar, la apariencia, los hobbies, etc.”

A diferencia de otras personas que reciben etiquetas psiquiátricas, los perfeccionistas no son estigmatizados ni se los considera disfuncionales. Al contrario, dice Alice Provost, asistente y concejera de la Universidad de California, Davis. Provost organizó recientemente una terapia grupal para miembros del staff de la Universidad que tienen impulsos perfeccionistas: “ellos están muy orgullosos de ello”, dice Provost, “y la cultura valora y refuerza altamente sus actitudes”.

Un estudio reciente realizado por psicólogos de la Universidad Curtin de Tecnología en Australia encontró que el tipo de pensamientos “todo o nada” es el que define la manera en que califican los perfeccionistas sus vidas. Los investigadores hicieron que 252 participantes llenaran cuestionarios en los que expresaban su acuerdo con 16 oraciones parecidas a: “en general, o tengo el control o estoy fuera de control” y “o yo me llevo muy bien con la gente o muy mal”.

Mientras más pensaban así los participantes, más probable era que padezcan el tipo de perfeccionismo extremo que los pueda llevar a tener problemas de salud mental.

Resumiendo, los perfeccionistas no solo escuchan las máximas y consejos para obtener éxito sino que las toman como absolutos; de cierta manera, saben que es posible tener éxito después de haber caído (“aprende de tus errores”, es otra regla “ganadora”). El problema consiste en que caer huele demasiado a mediocridad para ellos.

La carga que experimentan los perfeccionistas debido a sus expectativas es familiar para cualquiera que ha tratado de luchar contra un mal hábito. Fallar una vez—una fumada, un solo trago— es, en el mejor de los casos, un desliz; en el peor, una recaída, y más a menudo es un fracaso. Si tú has caído una vez, entonces puedes hacerlo una, dos o tres veces más.

Esta es la razón por la cual los expertos discuten desde hace tiempo los fundamentos de insistir en la abstinencia completa en el abuso de sustancias. La mayoría de los rehabilitados se deben a este principio: estás limpio o no, no hay un “nivel seguro” de uso de sustancias. Esta aproximación ha funcionado incuestionablemente para millones de adictos, pero si los estudios sobre perfeccionistas son correctos, entonces también ha destruido los esfuerzos de muchos otros.

Provost dice que aquellos en su programa en U.C. en Davis a menudo presentan síntomas de desórdenes de tipo obsesivo compulsivo, otro riesgo que los perfeccionistas enfrentan: no pueden aceptar un escritorio desordenado o dejar un trabajo a medias para hacerlo el día siguiente y se pasan largas horas rehaciendo algunas tareas para alcanzar un ideal que sólo existe para ellos.

Como un experimento, Provost hizo que los miembros del grupo no se esforzaran tanto en sus propósitos, contra todos sus impulsos. “Esto fue principalmente en el ambiente del trabajo”, dice ella, “y ellos lo ven como cosas pequeñas, porque lo que consideran fallas es lo que la mayoría de la gente no consideraría como medianamente importante”.

“Deja el trabajo a tiempo. No llegues temprano. Toma todos los descansos permitidos. Deja el escritorio hecho un caos. Permítete unos cuantos intentos antes de terminar un trabajo. Y luego pregúntate: ¿fuiste castigado? ¿Te echaron de la universidad? ¿Estás más feliz?” Les dice Provost, que continúa diciendo: “ellos estaban sorprendidos de que todo continuó funcionando y las cosas de las que se preocuparon tanto no resultaron tan cruciales”.

Los ingleses tienen un dicho que para apoyar a las personas cuando tienen que mostrar sus habilidades sin dejar de burlarse del miedo universal a la falla: en vez del “do your best”, ellos dicen “do your worst” (algo así como “haz tu peor esfuerzo”).

Si no puedes tolerar lo peor de ti, por lo menos de vez en cuando, ¿cómo podrías entonces ser tú mismo?

 Vía: http://prbarrigadavalos.blogspot.com/2007/12/no-eres-feliz-demasiado-crtico-contigo.html

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