No tengo ganas de nada

Cuando no tengo ganas de nada me dejo ir. Es bueno darnos permiso para descansar cuando, está claro, que tenemos una vida en la que nos sobrecargamos. Es algo con lo que tenemos que coexistir. Ninguno vamos a ser tan sabios como para vivir en equilibrio permanentemente. Darnos cuenta de esta realidad nos humaniza y nos libera de la presión social de “aparentar que todo está bien”. Como te digo siempre, todo tiene su parte positiva si la sabes usar en tu favor. Desarrollemos cómo sacar el máximo partido a nuestros momentos de agotamiento vital.

Cuando sientes que no tienes ganas de nada realmente estás diciendo, con otras palabras, que no sabes qué hacer para que tu vida funcione. Si tuvieras una lámpara mágica de la cual un genio cumpliera tus deseos, sacarías ganas de donde no las tienes. No te engañes. Para lo que no tienes ganas es de volver a diseñar la estrategia a seguir en tu vida. Ante esta falta de energía muchas personas se enrocan en el rol de no estar vivo ni muerto y es ahí donde, bajo la aparente tranquilidad, su vida entra en un bache del que cada segundo es más complicado salir.

Creencias que te frenan

En tu mente no deja de resonar el “no soy capaz”, “estoy harto”, “no puedo seguir así”… pero la falta de un marco de referencia para saber dónde tendrás éxito te merma hasta el punto de decidir no intentarlo. De ahí que digas el ya reiterado no tengo ganas de nada.

Bajo toda esta capa perceptible por ti, subyacen creencias limitantes adquiridas durante tu período vital que funcionan a modo de programación predictiva. Siempre que suceden una serie de acontecimientos en tu vida, se disparan las posibilidades de que se den en ti un repertorio de respuestas limitado.

Por ejemplo, siempre sonríes y nunca pierdes el buen humor salvo que se den 2 ó 3 circunstancias muy concretas que tocan la herida emocional que aún no has sanado. Si esas circunstancias se dan te vuelves alguien muy predecible que siempre acaba gritando, llorando, huyendo o perdiendo los papeles.

Esta programación subyacente a nuestra experiencia social y familiar, así como a la inter e intraexperiencia, nos moldea y conforme se va repitiendo el patrón de estímulos y respuestas se va volviendo un enlace más fuerte en nuestros cuerpos mentales y emocionales. De ese modo, en el peor escenario posible, actúas actuando de modo 100% predecible y repitiéndote mentalmente: “¿Qué otra cosa podía hacer? No tenía otra opción que hacer eso”. En este punto todos los seres humanos hemos estado atrapados. Déjame hablarte de cómo salir de él.

Reconocer la cárcel en la que te encuentras

El preso perfecto es aquel que no ve que está rodeado de barrotes. Darte cuenta de que tus respuestas son predecibles y obedecen a tus creencias te ayuda a ver que realmente quien vive tu vida no eres tú sino la única versión de ti que puede habitar dentro de esa cárcel de ideas aprendidas.

Reconocer el contexto y entender que quien habita tu vida sólo puede ser una versión minimizada de ti es al primer paso para avanzar en un camino que por fin ves: el de la superación de tus límites.

El éxito es un juego de probabilidades

Sobre los límites se ha escrito mucho (y además yo te he hablado mucho en podcasts y vídeos). Para mí lo más importante de los límites es darte cuenta de que lo que tú percibes como imposible o improbable (no es lo mismo aunque a veces lo usemos como sinónimos) no se trata más que un juego de probabilidades. Aquello que crees imposible simplemente lo etiquetas así porque estimas que para conseguirlo tienes que invertir un número de intentos que te resulta difícil de predecir. Ante la ignorancia de cuántos intentos necesitarás decides no comprometer tu energía en ello, salvaguardando así la posibilidad de agotarte en el intento de lograr esa meta. Por tanto, simplificas bajo el nombre de imposible aquello que no estás dispuesto a intentar porque parece que te va a requerir más energía de la habitual.

El compañero con miedo a intentarlo

Este escenario me recuerda a mis años de universidad cuando salía por las noches a tomar algo con amigos. Uno de mis compañeros veía a una chica que le gustaba y no paraba de decir cuánto le gustaba. Basta con que yo le animase a acercarse a hablar con ella para que él rechazara la oferta. Si le preguntaba por qué no se acercaba a alguien que le encantaba respondía cualquier razón externa a él (está con sus amigas, no querrá hablar, estará ocupada…) y si le insistía en que eso no podía saberlo si no se acercaba acababa respondiendo que no era para tanto esa chica, que por eso no se acercaba. Siempre me ha parecido un buen ejemplo de cómo alguien da por imposible algo sin intentarlo solamente para evitar gastar energía.

Si no tengo ganas de nada, nada vendrá que me de ganas de vivir

Sin ganas de nada no te embarcarás en caminos que requieran varios intentos para lograr tu meta. Vivirás una vida disoluta donde no habrá incentivo alguno, siendo la única opción vivir en modo automático y lamentando “no estar mal” en lugar de celebrar “estar bien”.

Te he dicho al principio que cuando no tengo ganas de nada me dejo ir. Pero la clave es que me doy un período de tiempo para valorar lo que está desordenado en mi vida y realizo ajustes. Es una estancia transitoria en el dejarte ir para volver con más energía. El problema es que mucha gente se queda a vivir en ese estado de brazos caídos y es ese el principal problema. Cuando llevas mucho tiempo viviendo de un modo sientes que no hay otra forma de vivir. Por mucho que te quejes de que te gustaría otra vida sientes que eso no te corresponde. Dejas de intentar mejorar (si es que no lo has hecho ya) pero decides seguir quejándote por no tener una vida mejor. Igual que quien se queja de que haga calor pero no se quita el abrigo. Igual que quien se moja y no sale con paraguas a la calle. La clave no es que deje de hacer calor o de llover sino que esa persona sepa adaptarse a las circunstancias y elegir estar bien haciendo el intento para estarlo.

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