Víctimas de víctimas

En días como hoy buscamos la perfección cuando ésta se nos resiste por nuestra condición humana. Gimnasios, spas, tratamientos rejuvenecedores, blanqueamientos dentales, los mejores productos capilares y un sinfín de artilugios de nuestro día a día nos tratan de dar lo mejor, ya que nuestra condición humana nos aleja de ello y, por tanto, necesitamos de estos suplementos.

En un plano vital interno, los grupos terapéuticos y de crecimiento personal son ese medio que nos da el push necesario para poder visualizar el panorama vital que nos rodea y del cual, no pocas veces, atravesamos sin ver hacia dónde nos conduce el camino que, incuestionablemente, asumimos.

Todos estos intentos nos ayudan como individuos y como especie a superarnos, a evolucionar, a, en cierto modo, transitar de una forma guiada por lo que nos acontece. No obstante, la perfección jamás estará a nuestro alcance.

La imperfección nos acompaña en nosotros mismos (no somos lo delgados, altos, bellos, comprensivos, sociables, expresivos… que deseariamos), en nuestro grupo social (mi amigo es egoista, es falso, es bajito, es calvo, no asume sus miedos…) y, sobre todo, en nuestra familia (mi familia es muy buena en algunas cosas, promedio en muchas otras y mala en otras).

La responsabilidad de esta imperfección no nos corresponde a nosotros depurarla. De hecho, misión baldía sería ésta. No somos ese juez perfecto que pueda repartir justicia. No es nuestro papel. Lo único que podemos hacer es convivir con esa imperfeccion que portamos y que nos rodea. Todos somos víctimas de víctimas. Somos víctimas del modelo educativo de nuestros padres, pero ellos no son culpables de habernos transmitido sus limitaciones. A su vez, ellos fueron víctimas de sus padres. Nuestros abuelos fueron víctimas de nuestros bisabuelos. De este modo, este bucle se desarrolla hasta el inicio de nuestra propia estirpe.

Nos puede herir ver comportamientos injustos en nuestro núcleo próximo, nos puede hervir la sangre al ver cómo se desarrollan ciertos patrones autodestructivos en nuestros seres queridos, pero no podemos mirar hacia otro lado, sobre todo si esa conducta es una de las cosas que reprochamos en nuestros ancestros.

Condenados a convivir con la imperfección, siendo el primer ejemplo nosotros mismos.

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